jueves, 24 de septiembre de 2026

EL TERROR DE 6° B

Queridos chicos, deseo tengan un bonito día.

Vamos a leer atentamente este cuento (no lo apuntes en el cuaderno).

El terror de Sexto "B"

Hace una semana yo era un tipo común y corriente. Digamos que sin problemas. Porque
tener matrícula condicional y el año prácticamente perdido no son problemas graves. Ahora
sí estoy metido en un lío. Y tengo que contárselo a alguien porque ya no puedo cargar más
con este casete prendido en la cabeza dándome vueltas día y noche.

Primero que todo, me presento. Mis amigos me dicen el terror de Sexto "B". Soy
especialista en sabotear clases y en hacer todo tipo de bromas pesadas. Hay quienes dicen que
soy un líder negativo, pero eso es porque no me conocen de verdad. En el fondo, soy
inofensivo y hasta buena gente. O era, por lo menos. El jueves 7 de octubre, todo cambió. Fue
en clase de inglés con el profesor Quiroga, alias Porki. Él no necesita mucha presentación.
¿Ustedes ven dibujos animados? Entonces imagínense al Porki de las tiras cómicas con
anteojos, vestido de paño y treinta años de experiencia. Así, tal cual, es mi profesor de inglés.

Ese jueves, su clase empezó, como de costumbre, con la tortura de pasar al tablero. La
mirada misteriosa de Porki, recorrió mentalmente los treinta nombres de la lista. Empezó con
Acevedo, Acuña, Agudelo, Bonilla, Botero, Calderón y no llamó a ninguno. Era como la
ruleta. Siguió bajando despacio para aumentar el suspenso. Presentí su paso por la D, la E, la
F, la G y la H. Luego lo vi bajar hacia el final de la lista y me sentí salvado. Pero qué va, falsa
alarma. Otra vez arrancó en Zuluaga y su lápiz afilado subió derechito hasta llegar a mi
nombre. En él quedaron detenidas sus siniestras pupilas.

—Hernández Sergio, pase al tablero con su tarea.
Con el corazón en una mano y el cuaderno en la otra, me paré, sabiendo a lo que iba ...
Le entregué el cuaderno cerrado para retrasar su furia.

—No le pedí el cuaderno para mirarle el forro —dijo, con un tono de burla—. Lo que
quiero es la tarea.

Haciéndome el bobo, abrí el cuaderno en la página de la tarea o, mejor, en la hoja en
blanco, porque no había hecho nada. Él no se demoró ni un segundo en descubrirlo.

—¿Por qué no hizo la tarea, jovencito?
—Porque no entendí, profesor.

Como estaba previsto, todo el curso soltó la carcajada.

—Explíquenme el chiste, que no le veo la gracia —dijo Porki, siguiendo también lo que
estaba previsto.

—En serio, profesor... Porque yo no entendí lo de los verbos irregulares.

Hubo otro ataque de risa general y yo estaba feliz en mi papel de payaso. Estaba en uno de sus peores días y decidió ahorrar tiempo y esfuerzo conmigo. De una, me mandó a la rectoría.

—Deme otra oportunidad. La última oportunidad, se lo juro.

—Yo más ya no puedo hacer por usted —dijo con voz de víctima.

—Tengo matrícula condicional y el rector me advirtió que a la próxima me expulsan —le
dije casi arrodillado.

—Ése no es mi problema. Ha debido pensarlo antes. Haga el favor de salir inmediatamente y ni una palabra más.

O sea que no hubo caso. Cerré la puerta del salón y me quedé ahí parado, en una
encrucijada temblé. No podía ir a la rectoría porque eso significaba salir derechito a buscar
colegio. Tampoco podía seguir ahí, como un bobo
en medio del corredor, esperando a que algún profesor me pillara fuera de clase. Entonces me fijé en la puerta vecina de sexto B, que tenía la terrible advertencia:

SITIO DE MATERIAL DIDÁCTICO.
TERMINANTEMENTE PROHIBIDA PROHIBIDA
LA ENTRADA DE NIÑOS.

 La amenaza era en serio. Entrar a ese cuarto era arriesgarse a que a uno le cortaran la
cabeza, como en el cuento de Barba Azul. Pero, en ese momento, la puerta prohibida fue mi
única tabla de salvación. Preciso ese día estaba sin llave. Moví el picaporte y misteriosamente
se abrió. Ahora que lo pienso, era el destino. En un acto de valentía, entré y me agazapé en un
rincón de ese horrible depósito. Yo lo había visto mil veces desde mi salón. Es que Sexto "B"
tenía una ventana que comunicaba con ese cuarto. 

De entrada, tropecé con un águila disecada y vi una docena de ratones muertos que
nadaban entre frascos de formol. Más allá estaba la calavera, compartiendo estantería con un
montón de huesos humanos. ¿Qué más quieren que les diga? Para donde mirara, mis ojos se
encontraban con algo cada vez peor: había una familia de insectos clavados en un icopor con
alfileres; un ratón blanco, prisionero entre su jaula; unas láminas de conquistadores que me
miraban furibundos desde el más allá; un rollo de mapas de todos los continentes cubiertos
con telarañas y, al fondo, cerca de la ventana, el plato fuerte: un esqueleto de tamaño natural.

Mi reloj marcaba hasta ahora las ocho y treinta, o sea que faltaba todavía media hora de clase.

 ¿Sobreviviría media hora más? El corazón, que se me iba a salir de la camisa, y las ganas de vomitar, me decían que no. Lo más seguro era que me encontraran allí desmayado o, de pronto, hasta muerto.

 Listo para usar en la clase de anatomía, como todo ese montón de huesos. Cuando me oí con esas palabras entre la cabeza, creí que ya había empezado a delirar. Pero luego lo pensé mejor y me dije a mí
mismo: "Reacciona, imbécil. No es para tanto".

O trataba de distraerme, o de verdad me moría. 

Estar en un lugar tan espeluznante, tenebroso y prohibido, era un privilegio. Tenía que aprovecharlo y salir a contarle el cuento a mis amigos.

Volví a mirar los tesoros, ya sin tanto miedo y, de repente, mis ojos se fijaron en un detalle fascinante: el
esqueleto humano tenía un montón de cuerdas de nylon, casi invisibles. Colgaban de los
huesos de las manos, de los pies y de la cabeza como si en lugar de material didáctico, fuera
una marioneta macabra, puesta ahí para asustar a alguien. Era insólito. Al mover los hilos, el
esqueleto podía levantar sus manos huesudas, chocar las rodillas, o temblar de miedo. El sistema funcionaba como si fuera el invento de un genio malvado.

Era tan divertido el juego, que el poco miedo que me quedaba se me fue quitando. Desde el
otro lado de la ventana, Porki seguía con su insoportable lectura. Entonces se me ocurrió una idea
descabellada: decidí que mi marioneta y yo íbamos a participar en clase de inglés, para darle
una buena lección al profesor Quiroga.

Con mucho cuidado, senté al es que o en un pupitre oxidado que había frente a la ventana
de Sexto "B". Esa fue la parte fácil. Lo hice con movimientos muy lentos, mientras el profesor
seguía con las gafas metidas entre el libro de inglés. Después me escondí detrás del marco de
la ventana, abarrando bien las cuerdas de nylon que movían los huesos del brazo derecho.
Todo salió perfecto. El esqueleto quedó sentado, del otro lado del cristal, mirando al profesor
sin perder un sólo detalle de la clase. Era el alumno perfecto. Me moría por ver la cara de
Porki, pero no me atreví a asomarme. Cualquier descuido podía ser fatal. Había que tener
paciencia... Y la tuve, hasta que por fin se terminó la dichosa lectura. El momento de la
función había llegado y me preparé como un verdadero titiritero.

—¿Quién no entendió algo ? —preguntó Porki.

Moví hacia arriba las cuerdas de nylon y el esqueleto levantó lentamente su mano derecha.
Sólo oí un silencio aterrador y luego un barullo general. Algo había sucedido y quise mirar
la escena, pero me quedé inmóvil en mi escondite. Después de unos instantes, volvió a oírse
la voz de Quiroga, un poco extraña, como cavernosa. Eso confirmaba que la escena le había
impactado.

—Any questions?
De nuevo moví las cuerdas. El esqueleto volvió a levantar su mano huesuda, como si
quisiera preguntar algo.

—¿Se siente mal profesor? —oí preguntar a Rodríguez.

—No —dijo Porki, con un hilo de voz—. Les dejo estos minutos libres.

Hasta mi escondite llegaron los gritos de alegría. Cuando los pasos se perdieron, me atreví a
salir del depósito y aproveché el desorden general para colarme en el salón como si nada.

No me atreví a comentar mi última hazaña con nadie. Tenía clavada la mirada aterrorizada de Porki y su voz temblorosa, cuando vio que el esqueleto le decía adiós con la mano. Disimuladamente traté de averiguar por él en otros salones y me dijeron que no habían tenido clase de inglés, porque el profesor
estaba "indispuesto". 

Desde ese momento, empecé a sospechar que se me había ido la mano»

En la mañana del martes, el rector nos hizo formar en el patio, desde kinder hasta Undécimo. Tenía una cara larguísima y yo presentí lo que iba a decirnos:

—Los reuní hoy a todos, para darles una noticia muy triste. El profesor Quiroga está en el
hospital. El caso es grave. A menos que suceda un milagro... —dijo, con un tono terrible, de
sesión solemne. Y siguió diciendo un montón de palabras que yo ya no oí. Desde entonces
sólo espero que suceda un milagro y que Porki entre por esta puerta de Sexto "B", como si
nada.

Dicen los chismes que él ya no vuelve y que el próximo lunes llega una nueva profesora a
reemplazarlo. He oído también que estaba muy enfermo desde hacía tiempos, pero que no
había querido decírselo a nadie, para que no le tuvieran lástima ni le pusieran
condecoraciones. Supongo que la gente dice esas cosas simplemente por opinar y porque
todavía nadie sabe qué fue lo que realmente sucedió. Ustedes, que llegaron al final de esta
historia, son los primeros en saberlo.

Si por casualidad saben dónde está Porki, cuéntenle todo. Díganle que era sólo una broma pesada. Que no es para tanto... Que no me haga esto.

Autora: Yolanda Reyes

Apunta en tu cuaderno y responde:

Septiembre 24 de 2027

El terror de 6° B


✅ ¿Porqué se rieron los chicos cuando el protagonista salió al tablero?

✅ ¿Cómo se llama el protagonista?

✅ ¿Cuál es su apodo?

✅ ¿Porqué cambió la vida del protagonista?

✅ ¿Qué piensas de la broma que le hizo a su profesor?

✅ ¿Crees que el profesor se enfermó por ese susto?

✅ ¿Qué  opinión tienes sobre las bromas pesadas?

Bendiciones.